LiptonLIVE

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April 2012

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Roger: se siente en la carne.

No es extraño que el arte genere ídolos, gente que raya en la genialidad y cuyas ideas u obra enriquecen el espíritu humano en menor o mayor medida. Lo que sí es extraño es que estos ídolos se han ido haciendo cada vez más escasos, últimamente es más difícil encontrar propuestas valientes o talentos que nos resulten innegables. ¿Será que se esconden o será que uno se ha hecho menos sensible a la voz del arte?

 

En materia de la música, estos ídolos son en alguna forma más fáciles de identificar, la veta musical es tal vez la más clara de todas las bellas artes porque es el lenguaje que a nadie le es ajeno, por más duro que alguien parezca hay una canción que estremece o que remite a lugares internos que pocas veces visitas.

 

El pasado viernes fui a uno de esos lugares.

 

The Wall es una obra por todos conocida, uno de los discos insignia de Pink Floyd y el estandarte de una generación sedienta de cambios y que en su versión cinematográfica narra hermosamente la eterna lucha del monstruo corporativo contra la masa creadora, historias de opresión política, ideológica y religiosa que en aquel lejano 1979 parecían imposibles de vencer y que hoy, tristemente siguen sin extinguirse.

 

Llegué al Foro Sol alrededor de las 8, iba bien advertido que este espectáculo inicia puntualmente a las 9 y se cierran las puertas para no abrirse hasta bien avanzado el show. Desde que caminaba hacia el recinto veía gente desfilar, en su mayoría señores que portaban con orgullo playeras que rezaban Pink Floyd World Tour 1985. “True Fans”, pensé. Y me sentí contento, porque no hay mejor concierto que al que se acude como lo que es: una ceremonia; estas personas iban a encontrarse con ese disco que les dijo tanto, con esa música que en parte los hizo quienes son.

 

Y entre ellos estaba yo.

 

De pronto se apagan las luces y un muro de 30 metros se abre ante mí, como un monstruo blanco por cuya herida central brotó una figura que arrancó alaridos de emoción, irguiéndose entre banderas rojinegras de martillos, pirotecnia, llamas, tambores y balas. Roger Waters había llegado.

 

Empezó directo a la yugular, Waters no perdió el tiempo y arrancó nuestros primeros gritos mientras en el centro del escenario se proyectaban imágenes de soldados, hombres, mujeres y niños muertos en combate, o en conflictos armados que iban desde las tragedias de Islamabad hasta las balaceras de Tijuana. A medida que veía los ojos de esas personas que ya no estaban con nosotros, su imagen desaparecía del centro y se volvía un ladrillo en el muro blanco, que poco a poco, se iba llenando de historias terribles, de crímenes espantosos, de padres, de madres y de hijos.

 

Los ladrillos fueron desapareciendo y el muro era ahora un mar de sangre, desde atrás tronaban las ametralladoras y al frente, en el escenario, miles de chispas recibían los balazos. De pronto, un avión volaba sobre todos nosotros para estrellarse frente al muro entre flamas y gritos de un Foro Sol entregado y encendido.

 

A la derecha, se elevaba un monstruo de unos cinco metros con tentáculos, traje y corbata que amenazaba a un grupo de niños que le gritaba furibundo “We don’t need no education” hasta que Waters se une a esos niños y, en un acto simbólico de lucha, la niñez vence al monstruo capitalista.

 

                      


Se manejaron muchos símbolos de lucha contra la opresión, de ataques imperialistas, de consumismo desenfrenado que arrancaban los gritos de emoción de todos y nos iban haciendo entrar en contacto con un lado más sensible de nosotros mismos, haciéndonos saber que estos problemas son de todos, no solo de los ladrillos en el muro.

 

Pero nada me preparó para lo que seguía.

 

Waters tomó su guitarra acústica y, meditabundo, dijo en español “Ésta canción la dedico a todas las niñas y mujeres de Ciudad Juárez. Desaparecidas. Muertas. ¡Ya no están aquí! ¿Dónde estuvo nuestro amor? ¿Dónde estuvo MI amor?”

 

Y entonces vino “Mother”, y yo fui el que se vino abajo.

 

Mientras Waters decía “Mother do you think they’ll drop the bomb?”, se proyectaban imágenes de madres en la guerra, en hospitales, en conventos, defendiendo a sus hijos, a sus esposos, a sus casas. Aparecieron cambiadas las palabras de “1984”, la obra de George Orwell, que rezaba “BIG MOTHER IS WATCHING YOU”, luego, la frase en todos los idiomas “No te preocupes, hijo, todo va a estar bien. Mamá sabe cómo”.

 

Y yo a este punto, ya era un mar de llanto.

 

Luego, decenas de soldados fueron poniendo bloques en donde Waters hacía de las suyas, poco a poco, el muro fue total, ya no había nada más que un solo bloque por poner, desde el cual Roger cantaba “Goodbye Cruel World” hasta cerrarlo por completo.

 

Un silencio sepulcral se interponía entre el muro y el Foro Sol, se erguía la rabia de ver una muralla que nosotros mismos vimos construirse, sin importarnos mucho mientras tuviéramos un buen show, pero ahora, era demasiado tarde.

 

Pero la esperanza renació, desde atrás, Waters cantaba “Hey You”, clamando por nuestra ayuda para cargar la piedra, para no dejar morir la luz, para hacer algo antes de que todo se termine definitivamente; qué momento de catarsis es verse gritándole a una muralla “Together we stand, divided we fall”.

 

Para la última parte, Waters vestía casaca negra, lentes oscuros, un fuete y una actitud de dictador que nos ordenaba pararnos frente al muro por ser diferentes, al mismo tiempo, comenzaba a gestarse entre el público una frase, un grito, un símbolo “Tear down the Wall!, Tear down the Wall!”. Waters en su papel megalómano empezaba desesperarse cada vez más mientras el grito se hacía ahora una protesta general.

 

Y el muro se vino abajo.

 

Del otro lado, se mostraban los niños corriendo, caras sonrientes, manos trabajadoras.

 

El espectáculo había terminado.

 

Yo estaba impávido, no podía decir nada, solo me quedaba viendo como este señor se despedía agradecido de México y reflexioné: este señor no es solamente un músico brillante: Roger Waters es un soldado, y yo estoy pasándole las balas. Ojalá que nos hiera a todos.


                     

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Apr 25, 2012
Jane Says Jane's Addiction

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Jane’s Addiction | Jane Says

Apr 25, 201270 notes
El hardcore de la gente común

                  

Vino Pulp y se fue dejándonos este tiradero de canciones y alegría. Queremos que vuelvan a recogerlo todo.

Por diferentes sitios de Internet habían corrido diferentes setlist, el más recurrido por los fans era el de Coachella para darse una idea de lo que contendría el concierto en la Ciudad de México. Otros preferimos no mirar nada, nos gusta la sorpresa, adivinar la canción al tercer segundo y gritarle al desconocido de al lado “¡ES RAZZMATAZZ!”.

Los rumores corrían, que iban a empezar con “Disco 2000” porque “está chévere”, que lo harían con “Monday Morning”, que iban a repetir la fórmula con “Do You Remember the First Time?” porque por qué no. Por otro lado, el fantasma de un DJ-telonero-sorpresa flotaba por el aire, entusiasmando a pocos sino es que a nadie. Lo cierto es que la gente había comprado los boletos el 14 de febrero con la intención de disfrutar a Jarvis y compañía el mayor tiempo posible; el telonero sólo robaría oxígeno en un Palacio-efecto-invernadero en el que ya es difícil respirar desde la pista.

El DJ fue como el papá que fue por cigarros: nunca llegó.

Reviso las notas periodísticas (sólo compro el periódico cuando sé que puedo conseguir un buen recorte de mis amores) y encuentro que todos coinciden en que Pulp salió al escenario a las 21:00 horas. Desde primera fila les digo las lámparas del Palacio de los Deportes se apagaron a las 20:45 y luces láser de color verde quemaron la retina de los más cercanos, mientras se dibujaban mensajes de bienvenida en el aire. “Hola”, fue la primera palabra de Pulp para nosotros, y tras un diálogo que pareció eterno Pulp salió al escenario con “Do You Remember the First Time?”.

                         

No sé cómo pasaron 24 canciones en casi dos horas y media. Recuerdo todas, en mis oídos suena la guitarra acústica de Jarvis al tocar “Something Changed”, el teclado de Candida en “Babies”, la batería de Nick en “Like a Friend”, el bajo de Steve en “F.E.E.L.I.N.G.C.A.L.L.E.D.L.O.V.E.” y la guitarra de Mark al tocar “Disco 2000”, con todo y muñequera en la mano derecha (aplausos dobles).

Diecisiete canciones conformaron la primera parte del concierto de Pulp, hacia el final la banda encendió el boiler, Jarvis quedó sin saco y le coqueteó muy de cerca a los amplificadores con “This is Hardcore”.

                                   

“Fue fabuloso” dijo alguien a mi lado, “se acabó, tocan 17 y se van”. Sin embargo las luces neón de la escenografía en las que se leía “P U L P” nunca se apagaron, y la banda regresó con “O.U.”, “Help the Aged” y “Mis-shapes”, una rola que hizo que en el Palacio de los Deportes temblara (otra vez). Después de esto, la banda salió nuevamente del escenario.

Pero nosotros, la gente común, todavía teníamos pila y tiempo para llegar al Metro, así que los llamamos hasta que los hicimos volver con “Party Hard”. México, el público que logró que Pulp volviera al escenario tres veces y tocara más de 19 canciones, el límite (hasta ayer) en sus conciertos.

                 

“Nunca tocamos esta canción”, dijo Jarvis, “pero lo haremos ahora”, y enseguida el Palacio de los Deportes sacó sus 18 mil pares de brazos y los movió de un lado a otro al ritmo de “Little Girl (With Blue Eyes)”.

                                   

Antes de que algo hermoso dejara la ciudad, Pulp nos regaló dos canciones más, “Live Bed Show”, cuyo coro resonó por todo el recinto, y “Monday Morning”, con la que se despidieron del lunes 23 de abril, de México, de nosotros.

Jarvis merece una mención aparte. Alto, blanco, con su kilométrico pantalón de pana no temió subirse a los amplificadores, brincar como si el 2012 fuera 1992, arrojarse al piso como si no tuviera 48 años. “Cheers!”, decía antes de beberse la mitad del whiskey y 18 mil personas le gritaban “¡Salud!”. Recibió un sostén que devolvió a la mitad de “Underwear”, recibió una camiseta que nunca recogió, recibió ovaciones de pie desde las gradas más altas y reverencias desde los que estábamos en la pista. Pero nadie recibió más que nosotros, Jarvis, de veras.

                                    

Después de más de dos horas el letrero neón se apagó y supimos que nuestro videoclip había terminado, pero espero que no por mucho tiempo. Siento que volverán, si no Pulp al menos Jarvis, casi lo veo. De lo que sí estoy segura es que la primera vez nunca se olvida y siempre la recordaremos, porque fue la mejor.

                                  

@Cocainelil

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