No es extraño que el arte genere ídolos, gente que raya en la genialidad y cuyas ideas u obra enriquecen el espíritu humano en menor o mayor medida. Lo que sí es extraño es que estos ídolos se han ido haciendo cada vez más escasos, últimamente es más difícil encontrar propuestas valientes o talentos que nos resulten innegables. ¿Será que se esconden o será que uno se ha hecho menos sensible a la voz del arte?
En materia de la música, estos ídolos son en alguna forma más fáciles de identificar, la veta musical es tal vez la más clara de todas las bellas artes porque es el lenguaje que a nadie le es ajeno, por más duro que alguien parezca hay una canción que estremece o que remite a lugares internos que pocas veces visitas.
El pasado viernes fui a uno de esos lugares.
The Wall es una obra por todos conocida, uno de los discos insignia de Pink Floyd y el estandarte de una generación sedienta de cambios y que en su versión cinematográfica narra hermosamente la eterna lucha del monstruo corporativo contra la masa creadora, historias de opresión política, ideológica y religiosa que en aquel lejano 1979 parecían imposibles de vencer y que hoy, tristemente siguen sin extinguirse.
Llegué al Foro Sol alrededor de las 8, iba bien advertido que este espectáculo inicia puntualmente a las 9 y se cierran las puertas para no abrirse hasta bien avanzado el show. Desde que caminaba hacia el recinto veía gente desfilar, en su mayoría señores que portaban con orgullo playeras que rezaban Pink Floyd World Tour 1985. “True Fans”, pensé. Y me sentí contento, porque no hay mejor concierto que al que se acude como lo que es: una ceremonia; estas personas iban a encontrarse con ese disco que les dijo tanto, con esa música que en parte los hizo quienes son.
Y entre ellos estaba yo.
De pronto se apagan las luces y un muro de 30 metros se abre ante mí, como un monstruo blanco por cuya herida central brotó una figura que arrancó alaridos de emoción, irguiéndose entre banderas rojinegras de martillos, pirotecnia, llamas, tambores y balas. Roger Waters había llegado.
Empezó directo a la yugular, Waters no perdió el tiempo y arrancó nuestros primeros gritos mientras en el centro del escenario se proyectaban imágenes de soldados, hombres, mujeres y niños muertos en combate, o en conflictos armados que iban desde las tragedias de Islamabad hasta las balaceras de Tijuana. A medida que veía los ojos de esas personas que ya no estaban con nosotros, su imagen desaparecía del centro y se volvía un ladrillo en el muro blanco, que poco a poco, se iba llenando de historias terribles, de crímenes espantosos, de padres, de madres y de hijos.
Los ladrillos fueron desapareciendo y el muro era ahora un mar de sangre, desde atrás tronaban las ametralladoras y al frente, en el escenario, miles de chispas recibían los balazos. De pronto, un avión volaba sobre todos nosotros para estrellarse frente al muro entre flamas y gritos de un Foro Sol entregado y encendido.
A la derecha, se elevaba un monstruo de unos cinco metros con tentáculos, traje y corbata que amenazaba a un grupo de niños que le gritaba furibundo “We don’t need no education” hasta que Waters se une a esos niños y, en un acto simbólico de lucha, la niñez vence al monstruo capitalista.
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Se manejaron muchos símbolos de lucha contra la opresión, de ataques imperialistas, de consumismo desenfrenado que arrancaban los gritos de emoción de todos y nos iban haciendo entrar en contacto con un lado más sensible de nosotros mismos, haciéndonos saber que estos problemas son de todos, no solo de los ladrillos en el muro.
Pero nada me preparó para lo que seguía.
Waters tomó su guitarra acústica y, meditabundo, dijo en español “Ésta canción la dedico a todas las niñas y mujeres de Ciudad Juárez. Desaparecidas. Muertas. ¡Ya no están aquí! ¿Dónde estuvo nuestro amor? ¿Dónde estuvo MI amor?”
Y entonces vino “Mother”, y yo fui el que se vino abajo.
Mientras Waters decía “Mother do you think they’ll drop the bomb?”, se proyectaban imágenes de madres en la guerra, en hospitales, en conventos, defendiendo a sus hijos, a sus esposos, a sus casas. Aparecieron cambiadas las palabras de “1984”, la obra de George Orwell, que rezaba “BIG MOTHER IS WATCHING YOU”, luego, la frase en todos los idiomas “No te preocupes, hijo, todo va a estar bien. Mamá sabe cómo”.
Y yo a este punto, ya era un mar de llanto.
Luego, decenas de soldados fueron poniendo bloques en donde Waters hacía de las suyas, poco a poco, el muro fue total, ya no había nada más que un solo bloque por poner, desde el cual Roger cantaba “Goodbye Cruel World” hasta cerrarlo por completo.
Un silencio sepulcral se interponía entre el muro y el Foro Sol, se erguía la rabia de ver una muralla que nosotros mismos vimos construirse, sin importarnos mucho mientras tuviéramos un buen show, pero ahora, era demasiado tarde.
Pero la esperanza renació, desde atrás, Waters cantaba “Hey You”, clamando por nuestra ayuda para cargar la piedra, para no dejar morir la luz, para hacer algo antes de que todo se termine definitivamente; qué momento de catarsis es verse gritándole a una muralla “Together we stand, divided we fall”.
Para la última parte, Waters vestía casaca negra, lentes oscuros, un fuete y una actitud de dictador que nos ordenaba pararnos frente al muro por ser diferentes, al mismo tiempo, comenzaba a gestarse entre el público una frase, un grito, un símbolo “Tear down the Wall!, Tear down the Wall!”. Waters en su papel megalómano empezaba desesperarse cada vez más mientras el grito se hacía ahora una protesta general.
Y el muro se vino abajo.
Del otro lado, se mostraban los niños corriendo, caras sonrientes, manos trabajadoras.
El espectáculo había terminado.
Yo estaba impávido, no podía decir nada, solo me quedaba viendo como este señor se despedía agradecido de México y reflexioné: este señor no es solamente un músico brillante: Roger Waters es un soldado, y yo estoy pasándole las balas. Ojalá que nos hiera a todos.
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